Chile quedó eliminado del Mundial. Se acabaron los gritos, las previas de noches enteras para ver el partido, las calles se silenciaron. Ya no hay más gente ansiosa y con nervios por el próximo partido.

La alegría inundó al país por exactamente 15 días, y esto provocó una revolución en todo Chile. La fiebre mundialera llegó a niveles insospechados, como no ocurría hace muchísimo tiempo, el apoyar a la Roja de todos se volvió prioridad nacional.

La ciudad de Santiago me mostró una faceta que, debo reconocer, creí imposible. La gente sonreía mientras caminaba en las calles, todos se trataban con amabilidad y parecían buenos amigos, no compadres, pero todos estaban en lo mismo: apoyando a la selección. La ciudad se volvió una sola y la felicidad de uno se convirtió en la felicidad del otro y así sucesivamente, hasta que estuvimos todos incluidos.

Estos días fueron más agradables –incluso a quienes no les guste el fútbol, tienen que haber notado el cambio – todo se tomaba con humor, se dejaron de lado los dramatismos por pequeñeces; era obvio, pasaban a un segundo plano. Había un objetivo, una ilusión en común. Se dejó de lado el egoísmo en el que está ensimismado el mundo, los ideales personales se convirtieron en una ilusión grupal que logró hacer sonreír a los santiaguinos, fue realmente espectacular estar aquí para poder ver lo que jamás pensé ver. Un Santiago amable que se convirtió en un lugar mucho más grato por dos semanas.

Concuerdo con la frase que decía el bus que transportó hoy a la selección a través de la ciudad de Santiago: “Gracias, por unir a todo un país”. Gracias y vuelvan a repetirlo, porque hay 16 millones de personas que vibrarán nuevamente cuando LA ROJA salte a la cancha; no sólo en el Mundial, porque la selección nos hace un sólo corazón.

 

Por Kony